Hace tiempo me contaban una historia de una mujer que cada día le ponía a su esposo una pequeña dosis de un veneno. Pero no, su intención no era matarlo, sólo quería que él estuviera permanentemente enfermo. Esta mujer cuidaba diligentemente a su marido. Lo mantenía cómodo, bien atendido, aseado y alimentado. Pero también enfermo.
Todas las mañanas, a las diez y quince, puntualmente, lo llevaba en su silla de ruedas a la terraza de su casa, a tomar el sol. Y allí, mirando el paisaje radiante, ella sonreía. Sonreía con la seguridad de que él siempre la necesitaría. Y que ella seguiría a su lado, día a día, cuidándolo con abnegación. Y que él así, indefenso, jamás dejaría de necesitarla.
Aterrador, definitivamente.
Y bueno, cada vez que se va la luz, que nada funciona, que el país se deteriora, y que el gobierno aparece con actitud salvadora, anunciando sus novedosísimos planes para ocuparse, para cuidar del país, para ser imprescindible, yo recuerdo a aquella señora, a las 10:15 de la mañana, mirando el paisaje con su marido. Haciéndose indispensable.
Aterrador, definitivamente.